Yoga inclusivo y transformación social con Meritxell Martorell

Actualizado: hace 9 horas
Hay entrevistas que nos recuerdan para qué existe el yoga. La conversación con Meritxell Martorell es una de ellas. Periodista de formación y profesora de yoga por vocación, Meritxell ha llevado esta práctica a campos de refugiados, cárceles, hospitales y centros de salud mental, y nos invita a mirar el yoga como lo que es en su raíz: unión, presencia y acompañamiento entre personas. Una charla cálida, honesta y llena de humanidad.
Quién es Meritxell Martorell
Meritxell es periodista y profesora de yoga, y fundadora de Yoga Sin Fronteras, una asociación que acerca el yoga a hospitales, centros penitenciarios, organizaciones sociales y colectivos en situación de vulnerabilidad. Ha trabajado en prensa, radio y televisión, y participó en el programa de reportajes 21 días. Junto a su equipo ha desarrollado el método ISTA (inclusivo, sensible, terapéutico y accesible) y una formación de 300 horas en yoga inclusivo integral. Es autora de Yoga sin fronteras: más allá de la esterilla (Editorial Sat Nam), donde recoge las historias y los aprendizajes de este camino. Vive en Barcelona y es madre de dos hijos.
De contar historias a acompañarlas
De pequeña, Meritxell era la niña que siempre preguntaba por qué. Le encantaba leer, escribir y contar historias, y tenía un sentido de la justicia muy marcado, así que el periodismo le pareció el camino natural. A los 24 años ganó un concurso de blogs de viaje que le regaló una vuelta al mundo, y hoy suma más de sesenta países. Esa experiencia la volvió más inconformista y más consciente: salir de la burbuja del bienestar le mostró otras realidades y otras formas de vivir.
Fue en Tailandia donde descubrió el yoga. Recuerda con humor su primera clase: le pareció lenta y aburrida, quería irse, tenía mil cosas que hacer. Y aun así salió relajada, con una sensación que desconocía. Volvió al día siguiente, y al otro, y después llegaron las formaciones. Durante sus años en 21 días, viviendo experiencias muy intensas, el yoga fue su refugio entre programa y programa.
«Algo ha cambiado en mí. He salido de aquí relajada, yo no conozco esta sensación.»
El punto de inflexión llegó en Lesbos, durante la crisis de personas refugiadas en la isla griega. Allí comprendió que quería servir desde otro lugar. Compartió tiempo con personas que lo habían dejado todo, con sus carreras, sus familias y sus vidas, y que hacían cola con ropa prestada para recibir un plato de arroz. Al año siguiente regresó, esta vez con una esterilla bajo el brazo en lugar de una cámara.
Así nació Yoga Sin Fronteras
Tras dedicarse por completo al yoga, Meritxell trabajaba en una escuela de formación de profesores en Goa, en India. Disfrutaba, y a la vez sentía que su misión estaba en otra parte: quería llegar a personas que atravesaban procesos mucho más complejos. Meditaba cada día con esa pregunta hasta que, en sus palabras, llegó el «eureka»: le vino el nombre Yoga sin fronteras. Volvió a Lesbos con su pareja, se unió a otras organizaciones que ya trabajaban allí y empezó a compartir yoga con personas refugiadas.
Lo que vio la sorprendió. Pensaba que, ante necesidades tan básicas, la meditación podría parecer algo secundario. Y resultó ser justo lo que más necesitaban: cerrar los ojos y volver al cuerpo como espacio seguro.
«Cuando todo es inseguridad, volver al cuerpo y reconocer que estoy bien aquí dentro, eso es increíble.»
Después llegaron Tanzania, Palestina, México o Marruecos. Pronto entendió que el impacto real necesitaba continuidad y que necesitaba más manos. Así surgió el programa de voluntariado, con un compromiso mínimo de tres meses en cada centro para que las personas se sientan acompañadas. Un premio en un programa de mentoría para ONG les permitió profesionalizarse y sumar a su compañera Jessica. Hoy, tras siete años, han llegado a más de 6.300 personas en nueve países. Meritxell reconoce que dirigir una ONG pide mucha energía y tiene etapas exigentes; en esos momentos vuelve a lo suyo: meditar, practicar y respirar. Y siempre llega un mensaje de agradecimiento que le recuerda por qué sigue.
Yoga Sin Fronteras, en cifras
Siete años compartiendo yoga con entidades y personas muy diversas.
Más de 6.300 personas beneficiarias en nueve países.
Programas de voluntariado con un compromiso mínimo de tres meses por centro.
Presencia en hospitales, cárceles, campos de refugiados y centros de salud mental.
Qué significa realmente yoga inclusivo
Para Meritxell, el yoga es inclusivo por naturaleza: yoga significa unión. Si hoy hace falta añadirle el adjetivo es porque en Occidente se ha convertido muchas veces en un producto, en una secuencia de posturas para personas flexibles y tranquilas. Ella lo dice con claridad: la flexibilidad y la calma llegan como consecuencia de la práctica, son su fruto, y la puerta está abierta a todo el mundo desde el primer día. Justamente las personas más inquietas son las que más se benefician.
La inclusión verdadera, explica, va más allá de dar clase en un centro concreto. Ocurre cuando una persona en silla de ruedas entra en una clase abierta y la profesora sabe acompañarla: «el saludo al sol para ti es así». Por eso en sus clases todas las personas comparten la misma sesión y reciben variaciones, como la postura del árbol con apoyo en una silla o levantando apenas el talón. Para ella, el practicante avanzado es quien sabe quedarse tranquilo, presente, aquí y ahora.
«El yoga es para todas las personas. Si puedes respirar, puedes practicar yoga.»
Y la inclusión empieza por uno mismo: cómo me hablo, cómo me incluyo en mi propia práctica, desde qué lugar me relaciono con las demás personas. Meritxell propone mirarnos de alma a alma, «de atman a atman», de forma horizontal. La profesora es una persona más, con sus días buenos y sus días nerviosos, que comparte las herramientas que a ella le sirven. Esa autenticidad es la que permite conectar de verdad.
Devolver el poder de elegir
Una de las ideas más potentes de la entrevista es la de devolver el poder a la persona. Quien vive en contextos de vulnerabilidad, como una persona refugiada, ha perdido la capacidad de decidir sobre casi todo: dónde vivirá, qué ropa llevará, qué ocurrirá mañana. En una clase, ofrecerle elegir entre dos posturas tiene un valor enorme: le recuerda que su elección cuenta.
Por eso Meritxell cuida mucho el lenguaje. Habla de un lenguaje invitacional, que propone en lugar de imponer: «la puerta está abierta; si necesitas beber agua, puedes beber agua». Cambia expresiones que conectan con el rechazo, como «si no eres lo bastante flexible», por opciones que se presentan todas como válidas. Y lo mismo con los ajustes físicos: se hacen solo cuando hay una necesidad real y siempre con consentimiento previo, porque cada cuerpo tiene su historia.
Claves para acompañar desde el respeto
Ofrece opciones reales y recuerda que todas están bien.
Usa un lenguaje invitacional: propón, sugiere, abre puertas.
Pregunta antes de ajustar; puede bastar con que cada persona lo indique al inicio de la clase.
Elige palabras amables: «desliza un poco la pierna» en lugar de una orden seca.
Practica la horizontalidad: acompañas a personas, de igual a igual.
Un yoga informado en trauma
Meritxell lleva años trabajando con personas que han vivido situaciones traumáticas, y en sus formaciones cuentan con especialistas en yoga sensible al trauma. Ella prefiere hablar de yoga informado en trauma, porque la palabra clave es informarse: conocer las necesidades de la persona que tienes delante. Si trabajas con alguien dentro del espectro autista, sabrás que le ayuda la anticipación y una secuencia previsible; si llega alguien con una hernia o con ansiedad, buscarás qué le sienta bien, siempre desde tu papel de profesora de yoga.
En la práctica, este enfoque es más lento y más sensible. Se trabaja mucho la interocepción, se dan opciones («si te apetece, puedes levantar el brazo») y se deja que cada persona elija su propio ritmo de respiración. También distingue tipos de trauma: un trauma complejo, como el de quien huye de una guerra, pide un acompañamiento muy distinto al de una experiencia puntual. Lo esencial se resume en escuchar, informarse y dar opciones.
El método ISTA
Para que todo su equipo trabaje igual, tanto con embarazadas como con personas refugiadas o con movilidad reducida, crearon el método ISTA. Inclusivo, porque empieza por cómo se incluye la propia profesora y cómo incluye a cada participante, desde la horizontalidad. Sensible, porque se adapta a cada realidad: escucha, observa y pregunta qué necesita la persona hoy. Terapéutico, porque el yoga puede ser una herramienta terapéutica con un enfoque más individualizado. Y accesible, porque se lleva a cualquier lugar.
Esta última idea le encanta destacarla. Una sala bonita, con incienso y música, ayuda a entrar en el bienestar. Pero el reto real está en un campo de refugiados con ruido y pocas instalaciones, en una cárcel o en un centro cívico con personas mayores donde solo hay sillas. Ahí se practica yoga en silla, y Meritxell recuerda que hasta una secuencia exigente como la de Ashtanga puede adaptarse a una silla. Esa capacidad de adaptación es, para ella, un superpoder.
«Yo voy a una cárcel y hago que el yoga sea accesible en esa cárcel.»
Yoga, salud y prevención
Meritxell cuenta que hospitales de referencia en el mundo ya incluyen el yoga en sus programas, especialmente para personas con enfermedades crónicas o en tratamiento oncológico. Yoga Sin Fronteras está presente desde hace años en hospitales de Barcelona como Vall d'Hebron, Sant Joan de Déu y el Hospital del Mar, donde las sesiones son gratuitas para los pacientes, y empiezan a formar a profesionales de atención primaria. Colaboran con Mireia Coma-Cros, referente en yoga oncológico, y siguen una metodología cuidadosa: con cada persona, menos es más.
Comparte también un ejemplo que la emocionó: en una clínica de salud mental, tras tres meses de yoga semanal, la terapeuta ocupacional le contó que las personas usuarias dormían mejor y necesitaban menos medicación para el sueño. Es su experiencia y la del equipo del centro; cada persona, en lo relativo a su salud, consulta siempre con su médico. En paliativos, añade, acompañar puede ser tan sencillo como inhalar y exhalar juntos: «esto ya es yoga».
Para Meritxell, la prevención empieza por la gestión emocional, desde la infancia. Todas las emociones tienen un mensaje, también la rabia, y merecen espacio. El cuerpo nos habla: ella ya sabe que cuando le duelen las cervicales es momento de bajar el ritmo. Y propone pequeños hábitos con un gran efecto: empezar y terminar el día lejos del móvil, respirar, caminar por la naturaleza y mover el cuerpo, llámalo yoga o como prefieras.
«El yoga no se trata de llegar a ningún lugar, se trata de habitar ese lugar.»
Lo que enseñan las personas que acompaña
Meritxell insiste en que sus grandes maestros han sido las personas a las que ha acompañado. En el libro cuenta historias de resiliencia, como la de un joven que llegó a Lesbos tras años de huida, descubrió allí el yoga y hoy acompaña como profesor a otras personas que han vivido lo mismo, o la de una mujer que se apoyó en el yoga durante un proceso de salud muy duro y hoy también es profesora. Son historias que encarnan la aceptación, el soltar (aparigraha) y la dignidad, y que la ayudan a relativizar lo cotidiano.
De Lesbos guarda un recuerdo imborrable: personas que habían hecho horas de cola para un pequeño plato de lentejas lo compartían con ella, sabiendo que en pocos días volvería a su casa. Esa generosidad le enseñó que la esperanza es lo último que se pierde. Por eso entiende el yoga como implicación con el mundo: una unión que incluye a todos los seres y que mira también a quien se queda fuera. Y defiende que haya más referentes femeninos en un ámbito donde la mayoría de practicantes son mujeres.
«Para mí el yoga al final es humanidad, es unión. Somos humanos y nos tenemos que acompañar los unos a los otros.»
El libro nació de esa necesidad de contar estas historias con calma, más allá de la inmediatez de las redes. Mirando al futuro, Meritxell sueña con que Yoga Sin Fronteras siga creciendo, que su experiencia llegue a más escuelas de formación y que el yoga deje de verse como algo elitista o exigente. Ahora se siente segura de su mensaje: la gente necesita acompañamiento.
Preguntas rápidas
El país que más la ha impactado a nivel humano: India, siempre. Está organizando una vida de seis meses allí y seis aquí.
Un país pendiente: Brasil y Colombia.
Una ciudad a la que siempre le gusta volver: Londres.
El viaje que más la transformó: La vuelta al mundo: tantos países a la vez la cambiaron para siempre.
Su lugar para desconectar: Un pueblo pequeño cerca de Montblanc, en Tarragona: para ella, el paraíso.
Un libro para regalar una vez en la vida: Shantaram.
Una pequeña alegría cotidiana: Cada noche, con sus hijos antes de dormir, dar las gracias por algo del día.
Con quién compartiría una conversación: Con cualquier persona: todos tenemos algo que contar.
La frase para llevarte
«Por un mundo más justo, más bonito, más humano y sin fronteras.» — Meritxell Martorell
Para llevarlo a tu vida
Antes de practicar, pregúntate: ¿qué necesito hoy? Y elige la versión de cada postura que te siente bien.
Cuando notes tensión, cierra los ojos, respira y reconoce: aquí dentro estoy a salvo.
Revisa tu forma de hablarte y de hablar a otros: cambia órdenes por invitaciones y ofrece opciones.
Escucha la entrevista completa
Libro de Meritxell Martorell: Yoga sin fronteras: más allá de la esterilla (Editorial Sat Nam)
Web de Meritxell Martorell: yogasinfronteras.org
Instagram de Meritxell Martorell: @meritxell_martorell · @yoga_sinfronteras
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